Saltar al contenido

Tu propuesta de viaje de golf tiene una opción de más

Jugadores en un torneo de golf: cómo montar una propuesta de viaje de golf que el cliente pueda decidir

Mandas una propuesta de viaje de golf un martes por la tarde. Tres resorts dentro. Los tres buenos, los tres con precio, programa y fotos.

El cliente contesta en veinte minutos.

«Genial, muchas gracias. Lo miro con calma y te digo algo.»

Y ahí se queda. Once días.

Cuando le escribes, te dice que sigue dándole vueltas, que el grupo no acaba de ponerse de acuerdo, que igual lo dejan para el año que viene.

Y tú piensas que hiciste todo bien. Objetivamente lo hiciste: buscaste tres alternativas, pediste tres disponibilidades, montaste tres programas. Trabajaste el triple.

Ese es exactamente el problema.

Por qué una propuesta de viaje de golf con tres opciones se queda sin contestar

Empiezo reconociéndote una cosa, y va en serio.

Mandar tres opciones no es pereza ni falta de criterio. Es justo lo contrario. Es no querer imponerle nada a un cliente que se está gastando un dinero importante, es querer que se sienta libre eligiendo, y es haberte curado en salud después de aquella vez que alguien te preguntó «¿y no había nada más?».

Agencias que mandan una sola opción porque es la única que miraron, las hay. Y se les nota a la primera. Tú no eres eso, y por eso te tomas el trabajo de traer tres.

Pero lo que llega al otro lado no se lee como generosidad. Se lee como deberes.

Tú tienes años de oficio para saber que en ese resort los tres campos están dentro de la propiedad y en el otro hay veinte minutos de coche cada mañana. Sabes cuál de los dos aguanta un grupo con hándicaps de 8 a 26 sin que la mitad lo pase mal. Sabes cuál se llena en enero y cuál no.

Él no sabe nada de eso. Él tiene tres PDFs y una tarde de domingo.

Y cuando alguien no tiene criterio para comparar, compara lo único que entiende sin ayuda: el número de abajo.

Le has montado tú la subasta. Con tu propio trabajo, y a tres bandas.

Al final de esto hay una pregunta de cierre, una sola línea, que decide si te contestan esta semana o dentro de tres. La dejo para el final porque suelta no significa nada.

Le estás devolviendo la decisión que te iba a pagar por tomar

Un cliente que pide un viaje de golf no está pidiendo alternativas.

Está pidiendo que alguien con más criterio que él elija por él y le diga por qué. Eso es lo que compra. No compra acceso a los campos, que hoy lo tiene medio mundo. Compra el criterio.

Tres opciones comparables convierten al experto en catálogo.

Y hay un detalle que hace más daño del que parece: si las tres son parecidas en precio, el cliente concluye, sin decirlo, que a ti te da igual cuál. Que las tres te valen. Que no hay ninguna razón de peso para preferir una.

Si a ti te da igual, a él también.

Cuando eso pasa, el viaje deja de ser urgente. Y un viaje que deja de ser urgente no se cancela nunca de forma explícita. Se aplaza. Y luego se aplaza otra vez.

Tu propuesta se defiende sola en un chat donde tú no estás

Esto casi nunca se tiene en cuenta al montar el documento.

Tu propuesta no se lee en tu oficina. Se reenvía. Termina en un grupo de WhatsApp con ocho señores, en la mesa de una cocina un domingo por la noche, o en el correo de un director financiero que no juega al golf.

Y ahí no estás tú para explicar nada.

Si lo que mandaste son tres opciones equivalentes, en ese chat pasa siempre lo mismo. Cada uno defiende una. Alguien dice que la tercera se va de precio. Otro propone esperar a ver si sale algo mejor. Y la conversación se apaga sin decisión.

Nadie ha dicho que no. Simplemente no ha pasado nada, que en ventas es peor, porque no te enteras.

Si lo que mandaste es una recomendación con un motivo, lo que se reenvía es el motivo. Y el motivo va firmado por ti.

El coste de las tres opciones lo pagas tú, y lo pagas dos veces

La primera vez, montándolas.

Tres peticiones de disponibilidad, tres proveedores con tres tiempos de respuesta distintos, tres programas cuadrados a mano, tres seguimientos para que te contesten. Un tercio de ese trabajo va a la basura por definición, y eso en el mejor de los casos, que es que el cliente elija alguna.

La segunda vez, defendiéndolas.

Porque cuando el cliente vuelve con preguntas, vuelve con preguntas de las tres. Y cada ronda de dudas es otra semana. Los grupos de golf tienen una ventana real de decisión y esa ventana no la marca el cliente: la marcan las salidas y las habitaciones. Enero se cierra en septiembre, no en noviembre.

Sobre eso ya escribí en su momento, cuando conté qué se puede prometer de verdad con los tee times de un grupo. El resumen es que el calendario no negocia.

Las cuatro piezas de una recomendación que se puede reenviar

Esto es lo que veo hacer a las agencias que cierran grupos en dos correos en vez de en dos meses. No es un método que me haya inventado: es lo que queda cuando quitas todo lo demás.

Uno. La frase del criterio.

Una línea que explique por qué ese destino y no otro, dicha para que el cliente la pueda repetir como suya.

«Os llevo a este porque sois ocho con hándicaps entre 8 y 26, y es el único de los que he mirado donde el 26 no va a sufrir mientras el 8 se aburre.»

Nadie reenvía un PDF de catorce páginas. Se reenvía una frase. Escríbela tú, o la escribirá él peor.

Dos. La elección, con nombre y con fechas.

No «podríamos mirar noviembre». Del 12 al 16 de noviembre.

Un viaje sin fechas concretas es una idea, y las ideas no se aprueban ni se rechazan: se comentan. Un viaje con fechas es un plan, y un plan obliga a alguien a decir sí o no.

Tres. Una alternativa que no compite, que sustituye.

La segunda opción no desaparece. Cambia de sitio y cambia de función.

No va al lado, en la misma tabla y con el mismo peso. Va después, con un motivo declarado y distinto: «Si al final lo que manda es el presupuesto, esta otra funciona, sabiendo que se pierden los dos hoyos junto al mar y que hay coche cada mañana.»

Ahí el cliente ya no compara dos productos parecidos, que es lo que no sabe hacer. Elige entre dos criterios, que es lo que sí sabe hacer. Y decide en un minuto.

Cuatro. El motivo por el que esto no puede esperar tres semanas, si es verdad.

Si el hotel tiene bloqueo hasta el día 30, se dice. Si las salidas de esa semana son las últimas que quedan antes de un torneo, se dice.

Y si no hay ninguna prisa real, no se inventa. La urgencia falsa se huele, y solo se puede usar una vez con cada cliente. La urgencia verdadera, en cambio, es un favor: le estás avisando de algo que él no puede ver desde donde está.

La pregunta del final

Aquí está la que te debía.

Casi todas las propuestas terminan igual: «Quedo a tu disposición para lo que necesites. ¿Qué te parece?»

«¿Qué te parece?» no se puede contestar en treinta segundos. Obliga a sentarse, a abrir los tres documentos otra vez, a pensar. Por eso se contesta el jueves. O el jueves de la semana siguiente. O nunca.

Lo que sí se contesta rápido es una pregunta cerrada con una fecha dentro:

«¿Bloqueo las salidas del 12 al 16 hasta el viernes, o prefieres que mire la semana siguiente?»

Mira lo que hace esa línea. No le pide una decisión de varios miles de euros. Le pide una decisión de dos segundos entre dos cosas fáciles, y las dos te dejan trabajando.

Puede contestarte «mejor la semana siguiente». Perfecto. Ya no estás esperando: estás gestionando algo concreto, con una fecha, y él ya ha dicho la primera palabra. Después de la primera es mucho más fácil sacar la segunda.

Cuándo sí se mandan tres opciones

Hay un caso. En mi experiencia, uno solo.

Cuando el cliente te ha dicho que necesita comparar porque tiene que justificar la elección delante de alguien: un comité, una junta directiva, un cliente corporativo que le exige tres presupuestos por norma interna.

Ahí las tres opciones no son un menú. Son un trámite.

Y aun así se manda con la recomendación marcada por escrito, arriba del todo, antes de la tabla. Sigue habiendo una elegida, y sigue habiendo un motivo. Lo que cambia es que las otras dos están para que él pueda enseñar que hizo los deberes.

Fuera de ese caso, cada opción de más que metes en una propuesta de viaje de golf es una razón de más para que la decisión se aplace.

Lo que queda cuando alguien elige

Un cliente que recibe tres opciones se acuerda de que le mandaste un presupuesto.

Un cliente que recibe una recomendación con nombre, fecha y motivo se acuerda de que le dijiste dónde ir. Y esa es la persona a la que llama al año siguiente, antes de mirar nada por su cuenta.

La diferencia no está en los campos, ni en el precio, ni en las fotos del PDF. Está en si alguien se mojó.

Elegir por el cliente da un poco de miedo, claro. Se responde de la elección. Pero es lo que te está pagando, y es lo único que no puede conseguir por su cuenta metiendo el nombre del destino en Google. Sobre cómo se construye ese criterio con el destino detrás hablé también cuando conté qué se negocia con un destino de golf cuando el precio ya no baja, y cuando expliqué cómo se traduce un brief antes de abrir el Excel.

Si tienes un grupo parado en «lo miro con calma»

Mándame el brief a info@globalhemisphere.com: cuántos son, qué hándicaps, qué fechas manejan y qué presupuesto por cabeza.

Te contesto con cuál de nuestros cinco destinos le encaja y por qué, escrito en una frase que puedas reenviar tal cual a tu cliente.

Sin cotización de por medio, si no la quieres todavía. Una frase.

Recurso gratuito para agencias

La checklist de 7 piezas para llenar un grupo de golf

La misma que uso yo con los grupos de Casa de Campo®, Madrid, Panamá, Lanzarote y Playa Granada. En PDF, directa al grano.









Sin spam. Solo recursos que ayudan a vender más golf.

Las mejores oportunidades se agotan antes de hacerse públicas.

Únete a nuestra lista y recibe primero:

✓ Nuevos paquetes de golf
✓ Promociones especiales
✓ Ideas para vender más viajes de golf

Capta clientes que otras agencias no tienen.